Los humanos y las moscas ¿Qué tan diferentes somos?

Por Andrea Gallegos Díaz.

Durante años, el estudio del comportamiento humano se ha destinado casi exclusivamente a la disciplina psicológica. Con las explicaciones que nos ofrece la psicología, hemos podido comprender que nuestra conducta (como la forma en que pensamos, hablamos y sentimos) ha sido mayormente modificada por nuestro entorno y la forma en cómo nos criaron y quiénes lo hicieron. Sin embargo, aunque estas explicaciones son plausibles y además certeras, no han sido suficientes para explicar ampliamente el origen de determinado tipo de comportamientos que son de interés social (como la agresividad), ya que algunas áreas de la psicología sugieren que el cerebro no juega un papel preponderante sobre la forma en cómo nos comportamos.

constituyendo esto como la revolución cognitiva

En la actualidad hablar de cognición nos remonta a la idea que tenemos de cómo pensamos, y qué tan inteligente es o no una persona, si tenemos buena memoria, o si aprendemos fácilmente. Son estas, precisamente, las funciones cognitivas y comportamentales, las que más nos diferencian como especie. Mediante los estudios de neuroimagen, los científicos empiezan a saber qué partes del cerebro son las responsables del surgimiento de procesos superiores como el pensamiento y el lenguaje.

Pero ¿Qué causó la revolución cognitiva?

Noah, Y. (2011) comparte que:

a esto le llama “la mutación del árbol del saber”.

Hablar sobre los genes es hablar también sobre nuestra herencia como especie, y como individuos particulares. Los seres humanos tienen aproximadamente 20,000 genes organizados en sus cromosomas. (Cortesía de: National Human Genome Research Institute).

Llegado hasta aquí, es importante retomar nuevamente la psicología y mencionar que en los estudios universitarios, muchas de las asignaturas impartidas están enfocadas en explicar qué hace la cultura para que las personas se comporten de cierta manera,o qué hace la persona para encajar en determinada cultura o grupo social, en las que se muestran aportaciones teóricas de diversos modelos que poco se comprenden. Un ejemplo de ello es explicar la conducta en función de un síntoma, y constituirla además, como una enfermedad. Es decir, una enfermedad de la cultura cuando sólo se concibe o quiere delimitar una conducta en relación a la norma.

Esa conceptualización poco aporta y mucho estigmatiza para entender el origen de lo que somos. Sin embargo, no todo está perdido y parte del conocimiento científico es comprender que para poder explicar un fenómeno hay que ser flexibles a las nuevas aportaciones y entenderlas a través de las hipótesis testeables.

Además “estudia qué rasgos de la conducta humana son adaptaciones que ayudaron a la especie a sobrevivir y a reproducirse. Diferentes circuitos neurales están especializados en resolver distintos problemas adaptativos” (Kreimer, R., 2020)

 Por supuesto que la consideración que aquí se plantea, no es considerar los procesos evolutivos como la explicación unánime del comportamiento, sino brindar una aportación diferente a los estudios ya hechos sobre los componentes culturales, los cuales, en algunos casos, han ofrecido mediante “el constructivismo social” que todo lo que hacemos como humanos, está basado únicamente en nuestra cultura.

(Steinbeis, et al., 2017, citado en Escamilla, S., 2021).

Retomando el tema de la agresividad que se mencionó en párrafos anteriores, la doctora Fernéndez y su equipo citados en Escamilla, S. (2021) realizaron un experimento sobre agresividad y cortejo en moscas, y lo que hicieron fue manipular la expresión de genes de la familia transformer, logrando que machos liberaran feromonas femeninas y hembras que liberaran feromonas masculinas.

Asombrosamente, cuando un macho normal se encontró con un macho que liberaba hormonas femeninas, el primero en liga de atacar al otro macho, lo cortejó, como si fuese una hembra. Por otro lado, cuando un macho normal se encontró con una hembra que liberaba hormonas masculinas, la atacó. A continuación se preguntaron si este comportamiento, que era innato, podía cambiar.

O si, de otra forma, el determinismo biológico se impondría y los machos seguirían engañados. Para ello consiguieron hembras que se comportaban como machos, agrediendo a otros machos cuando se encontraban con ellos, pero liberaban feromonas femeninas. Cuando un macho normal se encontraba con una hembra masculinizada, al principio la cortejaba.

Pero esta en lugar de dejarse cortejar atacaba al macho (recordemos que este es un comportamiento estrictamente masculino). Lo sorprendente fue que el macho normal, cansado de cortejar y sólo recibir agresiones, dejó de cortejar. Y no sólo eso, sino que empezó a atacar a la hembra (Fernández et al, 2010, citado en Escamilla, S., 2021). Como conclusión a su estudio Fernández asegura lo siguiente:

Este experimento sirve como ejemplo para explicar la plasticidad neuronal, que no es sino la capacidad del cerebro para poder “borrar” o “sobrescribir” comportamientos instintivos (Escamilla, S., 2021).

¿Qué nos puede enseñar esto?

Que no existen determinismos biológicos, ni determinismos culturales. Por tanto, promover el estudio multidisciplinar nos ayudaría a comprender aquellos fenómenos que nos son inciertos en determinada forma, y también, entender que nuestro comportamiento no debería de estar precisado por las normas culturales.

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